Janina Perez

Escritora cubana - libros, curriculo, publicaciones

 
Artículos
La soledad y sus verdades PDF Imprimir E-mail

Una y otra vez el autor de Cien años de soledad recreó el tema de la soledad en sus mundos de fantasía. Tal parece que este fuese el nudo georgiano de su vida, y no en vano la mayor parte de sus personajes se debaten en ese punto, ese espacio de tiempo donde no existe más compañía que la de nosotros mismos.


La soledad nos causa miedo porque no la comprendemos en su verdadera esencia. Desde niños nos hicieron creer que era horrible quedar a solas, separado de la manada, del grupo. No en vano los castigos que nos ponían en casa, y en la escuela, eran castigos de separación: nos obligaban a ir hacia el rincón o la habitación vacía, y por un rato más o menos largo quedábamos aislados, seccionados del transcurrir de la vida. Ya de adultos, la sociedad se encargó del resto, enviándonos imágenes, imponiéndonos esquemas de lo que debe, o no, ser nuestra vida. Si te pones a pensar, la mayoría de los anuncios publicitarios, películas, letras de canciones, llevan implícito el mensaje de comunidad, de equipo, de familia, de grupo, y el tema de la soledad es realzado con tonos de tristeza, desesperanza y melancolía.


Sin embargo, cada vez son más las personas que viven solas. Las cifras de jóvenes que no desean formar familia aumentan, los hijos marchan del hogar porque el mundo es más ancho que antes, y sienten ganas de explorarlo, y los ancianos son vistos como verdaderas cargas sociales: vivimos en una especie de Macondo donde un vendaval de furia se lleva todo al final del libro.


La realidad es que no estamos solos: estamos divididos.


Cada vez que sientes que debes avanzar en la vida y defender tus intereses, cada vez que optas por tu bienestar, aunque eso lleve implícito el desamor hacia los que te rodean, cada vez que piensas con el ego, y prefieres no colaborar con el bien común, te divides. Y con cada fragmentación de tu ser, vas quedando aislado, separado por paredes infranqueables, verdaderos muros que te cercan y te llevan a vivir la vida que no soñaste, la que entiendes que jamás hubieses elegido.


La soledad es provechosa en muchos sentidos. Puedes hacer uso de ella si sabes, antes que nada, entender los motivos por los que ha llegado a tu vida. Explora tu mundo interior, solo en el silencio de la soledad puedes sentirte a ti mismo, conocerte, reparar tus heridas, sanar, hallar fuerzas, emprender caminos que antes no eras capaz de imaginar que pudiesen existir.


Y derriba muros. Derríbalos todos. Sentirás el ruido de sus piedras al caer y tal vez pienses que eso es el fin. Y tendrás razón, es el fin: el fin que dará paso a nuevos inicios. No guardes rencores, no juzgues, no odies detrás de tus paredes, ábrete a la vida, a las personas que te rodean, ofrece una sonrisa, un hasta luego, un buenos días. No permitas que tus muros te fragmenten en pedazos, porque tus fuerzas se debilitan. Si sientes que ese compañero de trabajo, ese amigo de antaño, ese vecino o ese familiar es tu enemigo, te estás enemistando contigo mismo, con lo que eres.

 

Aporta, ofrece, ayuda. Cada día es una nueva oportunidad para salirnos del miedo, el miedo absurdo a que nos defrauden, a que nos hieran, a que no piensen del mismo modo que nosotros. Pero, ¿miedo por qué? Cuando das amor te sientes completo, realizado. Nunca esperes las gracias, y las gracias te serán devueltas por miles.


No te separes, no te aísles, mira a tu alrededor, somos millones y vamos juntos en este camino.